sábado, 16 de agosto de 2014

«♪Era en una playa de mi tierra tan querida...♪»

Dejando a un lado el aspecto estrictamente moral del asunto, me parece que hay que reconsiderar la política criminal de perseguir la prostitución femenina y masculina, cuando se da en circunstancias que no constituyen escándalo público o no son parte de un esquema de esclavitud. En el reciente caso de prostitución masculina en una apartada playa, de noche -- lo cual supone que quienes estaban en el lugar eran los interesados -- parece un mal uso de los recursos policiacos y del resto del sistema de justicia penal ocuparse de esa práctica. Salvaguardado el pudor público por la hora y el lugar, creo que el Estado debe hacerse de la vista larga o legalizar la prostitución, permitiéndola en sitios claramente designados para ello y con controles razonables que eviten situaciones embarazosas.

De la misma manera que vamos aceptando socialmente las relaciones homosexuales -- y hasta los matrimonios más o menos oficiales -- debemos hacer algo parecido con una práctica antiquísima imposible de erradicar, por responder a una necesidad muy humana.

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