Deudor con dignidad

¡Hombre, habráse visto cosa igual! Aquí los acreedores de la deuda pública no solo pretenden cobrar -- a lo que tienen perfecto derecho -- sino decirle a nuestro gobierno lo que tiene que hacer para que se les pague, metiéndose en decisiones estrictamente nuestras como país. Un acreedor no tiene derecho a eso, y el deudor no se lo debe permitir. Si a ellos no les convence lo que se hace, pues que den los pasos que estimen procedentes. Nuestro gobierno, acobardado, ha accedido a ser dirigido por bonistas y sus asesores, más «amigos de la corte» que continuamente meten la cuchara para opinar a favor de los acreedores, probablemente a sueldo de esos grandes intereses económicos.

Si tuviéramos un gobierno auténtico, y no unos monigotes coloniales, ya habríamos hecho valer nuestra soberanía en este asunto también.

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